Comunicándote mejor con tu Pareja

La comunicación es una herramienta esencial en las relaciones, pero no siempre es efectiva por cuanto algunas formas no estructuradas de la misma producen o incrementan los conflictos. Muchas son las relaciones íntimas que se rompen al comenzar a comunicarse porque llegan al diálogo repletas de rabia, de recelo o sintiéndose víctimas de las actitudes del otro. Han esperado demasiado y las situaciones conflictivas les desbordaron y se hicieron intolerables. Todas las emociones que la entidad que somos experimenta conforman un rincón muy importante de nuestra personalidad que hacemos íntimo. Cuando comunicamos con sinceridad nuestras emociones a una persona con la intención de que nos conozca, estamos dejando claro que confiamos en ella para presentarnos tal cual somos. Cuando la manera no es la adecuada, no nos debe de extrañar si la persona que escucha pierde interés en la exposición o se siente atacado. El riesgo de ser emocionalmente transparente ante otra persona sólo se puede asumir desde una posición de valentía y confianza en que no nos van a rechazar, sino a entender. Respecto de la transparencia es fundamental señalar que es un proceso que debe comenzar con nosotros mismos. Existen muchos temas sobre los que nos negamos a tratar en profundidad aún a solas y que, por tanto, no podemos expresar adecuadamente a otros. Con la intención de alcanzar un nivel de valentía que nos permita sincerarnos cada vez en mayor grado, hemos de ir comunicando poco a poco algo más arriesgado. No se puede, sin embargo, forzar a nadie a que haga un monólogo exponiendo sus emociones. Es necesario que la persona sienta con libertad si está o no preparada para ello. Si no entendemos una emoción propia, o no nos sentimos capaces de mirarla de frente ¿cómo podríamos compartirla con otro? No puede existir la obligación de hacer un monólogo. El hecho de que uno en la relación lo haga no implica que el otro haya de hacerlo también. Las reglas del juego han de ser flexibles porque allá donde nos adentramos es un lugar desconocido dentro del cual ignoramos lo que pasará. Por lo general, nos resulta más fácil expresar lo que es amoroso y está lleno de gratitud que la negatividad que rodea cualquier conflicto por lo que tiene de delicado y comprometido. Emociones tales como el resentimiento, la agresividad o la ira, resultan complejas de tratar sin que acto seguido la persona aludida esgrima una defensa. Se echa en falta, por un lado, la templanza para escucharlas; por otro, la consideración para decirlas de una forma no acusadora, en especial, cuando aún no se tiene experiencia en el manejo de esta herramienta. Sin embargo, tales sentimientos deben poder canalizarse porque forman parte del desarrollo de la relación. A través del monólogo y sus reglas de cortesía se puede dar rienda suelta a todo aquello que aumenta la presión y dificulta el intercambio; en especial al principio, cuando los implicados son el uno para el otro casi unos desconocidos en el aspecto más profundo de sí mismos... Es preciso comprender que la fricción que se origina dentro de la comunicación no es señal de que el amor ya se ha terminado. Todo lo dicho hasta ahora forma parte de la honestidad que se requiere para este tipo de comunicación. Esos intercambios son necesarios para el crecimiento, por tanto, está en nuestras manos convertirlos en un conflicto o en una manifestación de amor. La herramienta del monólogo como forma efectiva de comunicación comienza en particular con la aceptación de dos puntos de vista distintos que tienen igual posibilidad de ser expresados y reconocidos. Con la intención establecemos nuestra actitud ante el monólogo y la actitud adecuada es sencillamente ésta: “Quiero que me conozcas. Vengo al monólogo buscando un entendimiento mutuo, no una victoria. Vengo a compartir contigo mi posesión más valiosa que soy yo mismo. Vengo con mis miedos a mostrarte un poco más de mí. Mi acción puede ser arriesgada, pero estoy dispuesto a arriesgarme por ti. El monólogo es un acto de amor. Yo te estoy ofreciendo este regalo y estoy pidiendo aceptación y entendimiento. Te lo estoy pidiendo, no te lo estoy exigiendo.” Igual de importante que saber comunicar, es saber cómo escuchar. Lo primero necesario en ambos casos, es el amor. El que habla manifiesta su amor en el acto de la transparencia y el que escucha ofrece el suyo con su aceptación y su comprensión. La comunicación necesita de los dos y cada uno es responsable sólo de su cincuenta por ciento. El que escucha ha de querer entender de veras, y si no desea compartir por lo menos sí comprender la emoción o el miedo del que habla. Quien escucha a menudo siente activarse sus propias emociones. Sin embargo, este no es el momento de expresarlas, pues se ha de dar tiempo a que el otro termine su exposición. Asimismo, para escuchar adecuadamente no se puede estar pensando en la respuesta que vamos a dar cuando el otro termine. Tampoco es apropiado tomar la postura de autoridad que ha de, necesariamente, otorgar permiso al otro para tener ciertas emociones, pues todos tenemos derecho por principio a sentirnos como los hacemos. Escuchar de una forma activa no es oír las palabras y quedarse anclados en cómo se dicen las cosas. Es buscar entender lo que ha sentido la otra persona mas allá de las palabras mismas. Sabemos lo difícil que es expresar los sentimientos de forma lógica y ordenada en el primer intento. A veces se requiere un intercambio de ideas hasta lograr concretar con cierta exactitud lo que deseamos transmitir. Todos tenemos derecho a corregir nuestras propias palabras, de forma que es absurdo estancarse en el frecuente “tú lo dijiste”, y perder de vista la esencia de la comunicación, que es en realidad comunicar quienes somos. La clave para una comunicación eficaz, es "abrir" la situación, decir cómo te sientes (hablando en primera persona, "Yo siento") y pedir lo que deseas; a partir de allí, negociar una solución aceptable para ambos. Negociar es llegar a un acuerdo donde los dos ganen.